Vivir sin juzgar
Estoy aprendiendo a no juzgar. No es fácil, pero merece la pena...
En el pasado he sido hipercrítica con los demás; mi fuerte personalidad me llevaba a creerme con el derecho de comentar y de criticar la manera de proceder de la gente. Pensaba que mi forma de ver la vida, dadas mi inteligencia y mi capacidad, tenía la suficiente solvencia como para permitirme juzgar a los demás de acuerdo a mi forma de pensar. Recuerdo sobre todo aquellos momentos en los que, delante del televisor, me despachaba a gusto sobre el aspecto, la forma de hablar o de trabajar y la manera de comportarse y reaccionar de los personajes públicos que se mostraban a través de ese medio; mi familia- mi marido primero y mi hijo mayor después- afeaban mi actitud diciendo que me ponía realmente pesada y cargante cuando me comportaba de esa forma. Yo me defendía diciendo que esas personas, por tener un perfil público que voluntariamente habían escogido, estaban ahí precisamente para eso; para que telespectadores un tanto amargados y descontentos con ellos mismos volcaran de esa forma su rabia y su frustración.
Hace ya tiempo que procuro no juzgar a los demás, y cuando lo hago soy consciente inmediatamente del daño que esta conducta me provoca. Cuando juzgo a los demás, en realidad estoy inundando mi corazón con sentimientos tan tóxicos como la envidia y la mezquindad, aparte de alejarme cada vez un poquito más de la bondad y el esplendor de nuestra propia naturaleza esencial. Cada crítica que hago añade una gotita más de desamor y de falta de aceptación hacia mi naturaleza verdadera, y añade un plus de rigidez a mi ya de por sí rigurosa personalidad.



